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Dos lágrimas le recorrían las mejillas, eran rojas como el fuego. Sus córneas le ardían y notaba una presión en el cráneo que no la dejaba moverse. Sus alas perdían plumas y como siguiera así dejaría de poder volar. El esófago entraba en ebullición y cada sorbo de agua que tomaba hervía al bajar al estomago. Allí, los jugos gástricos luchaban con las moléculas de agua y no conseguían hacer nada con ellas. Vomitaba sangre, lloraba agua roja y se desintegraba poco a poco. Había logrado llegar hasta Dios y ahora se veía condenada a vagar por la Tierra sin obtener ninguna respuesta a cambio. Él no le había dicho nada y había hecho caso omiso de sus ruegos. Es más, estaba casi segura de que la estaba castigando por haberle retado. Quería volver a tener sus alas perfectas. Quería poder subir hasta el cielo y prometerle su infinita gratitud. Pero, parecía que él no estaba dispuesto a perdonarla. Se desangraba poco a poco, se hacía mortal. Perdía sus alas. Perdía su aspecto angelical…

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Tengo la piel en carne viva pero no me importa, tengo mil dolores pequeñitos que taladran mi cuerpo pero no me importa. En realidad hay poco que me importe. O no se muy bien que me importa. He llegado a estar en un estado de indiferencia hacia todo que llega a ser preocupante. Soy masoca, eso ya lo sabíamos, pero creo que con el tiempo comienzo a serlo más y más. No me conformo con un dolor, sino que espero tener dos y tres….espero llegar a tener mil dolores pequeñitos que me hagan perder la cabeza. Espero y espero, continuo en silencio mecida por tus palabras, espero que seas el dueño de mi vida pero no consigo convencerte, siempre excusas…Mil dolores pequeñitos, eso es lo que tengo

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