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Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo, nadie hacía lo que quería y cada uno luchaba contra sus demonios para intentar salir de su pozo particular. El calor sofocante freía a los cerebros. Ella languidecía tirada en un banco. Llevaba la falda muy corta y tenía que luchar contra el trozo de tela para que se mantuviera en su sitio. Tenía una mueca en el rostro. Era una sonrisa trucada. Era el símbolo de su profundidad. Su mirada no correspondía con el resto de su cara, estaba perdida, impasible mirando al horizonte. Su boca decía sí, sus ojos gritaban no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo. Todos corrían tras un mismo sueño y nadie lo alcanzaba. Ella estaba en un banco. Su falda rosa se elevaba con cada ráfaga de viento. Se agarraba el trozo de tela con las manos y comenzaba a caminar a ritmo pausado. Sus palabras decían sí, su voz gritaba no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie hacía lo que quería. Cabizbaja seguía caminando. Delante estaban ellos. Iban a otro ritmo. Todos en fila india, uno tras otro intentando encontrar la salida. Todos luchaban contra sus demonios para intentar alcanzar la superficie. El calor asfixiante quemaba su piel. Ella caminaba lento, despacio, con calma. Agosto se deshacía sin piedad, nadie estaba a salvo.

Los restos de la cena seguían todavía en la mesa de la cocina, los armarios abiertos y la pila de platos por fregar le daban aún más un aspecto de sucio. Los azulejos eran verdes, pero la mayoría había perdido su color y la pared parecía caerse a cachos. Los muebles tenían siglos y tan sólo la vitrocerámica destacaba entre todos ellos. Estaba reluciente, era la única cosa que limpiaba a diario, odiaba que se formaran cercos en ella. La cocina parecía exhumar  basura. El ambiente estaba cargado, casi se podían agarrar con las manos los miles de olores que se filtraban por el fregadero. Y allí estaba ella. Tenía la mirada perdida en el horizonte ajado, daba la sensación de haber perdido el sentido de la orientación, parecía a punto de explotar, de hacer algo en cualquier momento. Pero no hacía nada, solo miraba al infinito. Estaba rígida en una silla bastante incómoda, tenía sus manos colocadas perfectamente paralelas a sus dos muslos y parecía tararear algo. Parpadeaba varias veces en intervalos continuos de unos segundos, sus dedos se movían al mismo ritmo que parecían emitir sus labios y de vez en cuando movía la cabeza de un lado para el otro. Pero seguía prácticamente inmóvil, en penumbra, cantando bajito una canción muy triste. Sabía que en el momento en el que dejara de estar sentada en la silla se iría al suelo, su esqueleto no podía soportar el peso de sus músculos. Llevaba ya unos meses dando tumbos, en ocasiones llegaba a besar el suelo y le era complicadísimo volver a levantarse. A pesar de todo, solía hacerlo pero ahora ya no tenía fuerzas y prefería estar sentada en la silla.

La estaban esperando en un bar del centro, seguramente que serían muchos tipos grises, había quedado con ellos para darles una explicación pero no tenía ganas de salir de casa. Sabía que en el estado en el que estaba no debía seguir haciendo eso. Una persona que no tenía el control de su vida no debía controlar las vidas ajenas, pero a pesar de esto era su deber viajar hasta el bar. No podía hacerles esperar mucho tiempo, pues en situaciones como esas nunca sabía lo que podía pasar. El bar era una bomba de relojería y ella tenía que hacerla estallar en el lugar apropiado para no cargar con las vidas de personas ajenas.

Tenía que hacer un último esfuerzo y conseguir mover su pesado cuerpo de la cocina, después limpiaría e intentaría poner orden a sus ideas. Por ahora el bar era su prioridad, la esperaban pacientes pero pronto eso podría cambia. Realizó un pequeño movimiento, sus manos dejaron de estar paralelas y se agarraron al reposabrazos de la silla, un impulso, sudor frío resbalando por la frente y la espalda, otro impulso. Las rodillas se flexionaron, un espasmo la recorrió de arriba abajo, sus músculos se tensaron, los tendones tiraban de ellos haciendo que le dolieran mucho. Otro impulso y ya estaba de pie. Ahora solo tendría que sostenerse ahí arriba.

Y abrirás tus alas y me llevarás hacia el infierno contigo. Vendrás a por mí atormentándome cada noche en sueños. Me arrastrarás, tirarás de mi rubia melena, me golpearás una y otra vez e intentarás persuadirme para que me encuentre contigo en el reino de Hades. Déjame escapar de tus redes, continúa volando, quédate en el limbo pero por favor no te caigas. No me lleves contigo, no lo hagas, deja que mi tristeza se vaya, deja que se escape fugazmente entre mis dedos. Deja que mis lágrimas rueden por mis mejillas y purifiquen mi alma. No me petrifiques, no conviertas mis huesos en fríos cristales, déjame vivir, deja que se vaya todo lo que me oprime en el pecho. Ángel caído no me lleves contigo. Y si lo haces, llévame muy lejos. Lánzame de lleno al fuego, quema mis entrañas, aliméntate de mi alma y destrúyeme por completo. Pero no puedo seguir así, no en el limbo de las emociones, no quiero seguir con esta tristeza en el pecho. Prefiero el dolor o la nada, prefiero cualquier cosa antes que este sentimiento. Llévame o quédate en el cielo.

La humanidad está perdida y condenada a vagar sin rumbo, sin ningún objetivo determinado específicamente para que la evolución se lleve a cabo. Estamos destinados al fracaso, al olvido, a la destrucción, a la implosión definitiva que acabe con todo lo que hay sobre la faz de la tierra.

Veo una cinta transportadora, en ella hay humanos con caras tristes, algunos lloran, otros rezan pero el silencio reina en ese espacio inhóspito. La cinta transportadora está fría, el metal les transmite el vacío que ha quedado en su corazón. Saben que ese será su destino y no son capaces de compartir sus últimos momentos con nadie. El silencio lo inunda todo, el silencio les golpea cruentamente. Nadie habla, nadie se atreve, todos callan, algunos lloran otros rezan…
Y me veo allí parada, me he vuelto gris y ya ni tan siquiera mis azulados ojos parecen tener vida. Estoy petrificada y pienso, pienso en todo lo que dejaré atrás y pienso en todas estas almas perdidas que me acompañan. ¿Qué les habrá pasado para acabar así? ¿Por qué están todos tan tristes? La cinta transportadora continua moviéndose, me queda poco tiempo para acabar incinerada y no se en que emplearlo…Callo, lloro, rezo…me convierto en otro número, en otro mortal, en otro ser humano condenado a vagar sin rumbo.

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