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Los restos de la cena seguían todavía en la mesa de la cocina, los armarios abiertos y la pila de platos por fregar le daban aún más un aspecto de sucio. Los azulejos eran verdes, pero la mayoría había perdido su color y la pared parecía caerse a cachos. Los muebles tenían siglos y tan sólo la vitrocerámica destacaba entre todos ellos. Estaba reluciente, era la única cosa que limpiaba a diario, odiaba que se formaran cercos en ella. La cocina parecía exhumar  basura. El ambiente estaba cargado, casi se podían agarrar con las manos los miles de olores que se filtraban por el fregadero. Y allí estaba ella. Tenía la mirada perdida en el horizonte ajado, daba la sensación de haber perdido el sentido de la orientación, parecía a punto de explotar, de hacer algo en cualquier momento. Pero no hacía nada, solo miraba al infinito. Estaba rígida en una silla bastante incómoda, tenía sus manos colocadas perfectamente paralelas a sus dos muslos y parecía tararear algo. Parpadeaba varias veces en intervalos continuos de unos segundos, sus dedos se movían al mismo ritmo que parecían emitir sus labios y de vez en cuando movía la cabeza de un lado para el otro. Pero seguía prácticamente inmóvil, en penumbra, cantando bajito una canción muy triste. Sabía que en el momento en el que dejara de estar sentada en la silla se iría al suelo, su esqueleto no podía soportar el peso de sus músculos. Llevaba ya unos meses dando tumbos, en ocasiones llegaba a besar el suelo y le era complicadísimo volver a levantarse. A pesar de todo, solía hacerlo pero ahora ya no tenía fuerzas y prefería estar sentada en la silla.

La estaban esperando en un bar del centro, seguramente que serían muchos tipos grises, había quedado con ellos para darles una explicación pero no tenía ganas de salir de casa. Sabía que en el estado en el que estaba no debía seguir haciendo eso. Una persona que no tenía el control de su vida no debía controlar las vidas ajenas, pero a pesar de esto era su deber viajar hasta el bar. No podía hacerles esperar mucho tiempo, pues en situaciones como esas nunca sabía lo que podía pasar. El bar era una bomba de relojería y ella tenía que hacerla estallar en el lugar apropiado para no cargar con las vidas de personas ajenas.

Tenía que hacer un último esfuerzo y conseguir mover su pesado cuerpo de la cocina, después limpiaría e intentaría poner orden a sus ideas. Por ahora el bar era su prioridad, la esperaban pacientes pero pronto eso podría cambia. Realizó un pequeño movimiento, sus manos dejaron de estar paralelas y se agarraron al reposabrazos de la silla, un impulso, sudor frío resbalando por la frente y la espalda, otro impulso. Las rodillas se flexionaron, un espasmo la recorrió de arriba abajo, sus músculos se tensaron, los tendones tiraban de ellos haciendo que le dolieran mucho. Otro impulso y ya estaba de pie. Ahora solo tendría que sostenerse ahí arriba.

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