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Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo, nadie hacía lo que quería y cada uno luchaba contra sus demonios para intentar salir de su pozo particular. El calor sofocante freía a los cerebros. Ella languidecía tirada en un banco. Llevaba la falda muy corta y tenía que luchar contra el trozo de tela para que se mantuviera en su sitio. Tenía una mueca en el rostro. Era una sonrisa trucada. Era el símbolo de su profundidad. Su mirada no correspondía con el resto de su cara, estaba perdida, impasible mirando al horizonte. Su boca decía sí, sus ojos gritaban no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo. Todos corrían tras un mismo sueño y nadie lo alcanzaba. Ella estaba en un banco. Su falda rosa se elevaba con cada ráfaga de viento. Se agarraba el trozo de tela con las manos y comenzaba a caminar a ritmo pausado. Sus palabras decían sí, su voz gritaba no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie hacía lo que quería. Cabizbaja seguía caminando. Delante estaban ellos. Iban a otro ritmo. Todos en fila india, uno tras otro intentando encontrar la salida. Todos luchaban contra sus demonios para intentar alcanzar la superficie. El calor asfixiante quemaba su piel. Ella caminaba lento, despacio, con calma. Agosto se deshacía sin piedad, nadie estaba a salvo.
