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Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo, nadie hacía lo que quería y cada uno luchaba contra sus demonios para intentar salir de su pozo particular. El calor sofocante freía a los cerebros. Ella languidecía tirada en un banco. Llevaba la falda muy corta y tenía que luchar contra el trozo de tela para que se mantuviera en su sitio. Tenía una mueca en el rostro. Era una sonrisa trucada. Era el símbolo de su profundidad. Su mirada no correspondía con el resto de su cara, estaba perdida, impasible mirando al horizonte. Su boca decía sí, sus ojos gritaban no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo. Todos corrían tras un mismo sueño y nadie lo alcanzaba. Ella estaba en un banco. Su falda rosa se elevaba con cada ráfaga de viento. Se agarraba el trozo de tela con las manos y comenzaba a caminar a ritmo pausado. Sus palabras decían sí, su voz gritaba no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie hacía lo que quería. Cabizbaja seguía caminando. Delante estaban ellos. Iban a otro ritmo. Todos en fila india, uno tras otro intentando encontrar la salida. Todos luchaban contra sus demonios para intentar alcanzar la superficie. El calor asfixiante quemaba su piel. Ella caminaba lento, despacio, con calma. Agosto se deshacía sin piedad, nadie estaba a salvo.

Es horrible estar sin hacer nada, es horrible pensar que podrías hacer tantas cosas que no sabes que elegir. No me gustan las vacaciones, será que me he hecho mayor y ya no se vivir si no estoy haciendo algo. Recuerdo cuando mi mayor preocupación era terminar el libro de Santillana. Cada mañana me despertaba odiándolo, pero siempre acababa haciendo esos maravillosos ejercicios que no servían para nada. Hasta en mi infancia estaba activa y conseguía vencer a la pereza que hoy en día me consume poco a poco.

            Amaba el verano, las horas de piscina, los helados, el olor a la toalla mojada, la lucha por la crema solar, el chapoteo, las aguadillas y las innumerables horas de calle. Amaba el verano mucho más que a cualquier otra estación del año, me sentía viva, era feliz.

            Ahora, no se que hacer, me matan estas horas perdidas, el calor sofocante, la indecisión…Necesito trabajar, necesito movimiento, una rutina que aliene mi alma y me permita dejar de pensar. Necesito trabajar ya.

 

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