Noto el frio del metal en la garganta, no me da tiempo a emitir ningún sonido. El miedo paraliza mi cuerpo y la tensión envuelve a mi cráneo. Me agarra, me asfixia y golpea mi cara. “Puta, abre las piernas”, me grita…Dos lágrimas recorren mi cara pero el miedo ya se ha evaporado. No siento nada, veo como me acaricia los muslos pero no me produce repulsión. Tiene las manos frías  y me agarra con fuerza. No duda ni un solo segundo, sabe lo que hace perfectamente. Ya van cuatro chicas en lo que lleva de semana. Siempre el mismo ritual, siempre la misma búsqueda de placer, la búsqueda de la autodestrucción, la espiral del vértigo…

Se me acerca a la cara, su aliento está caliente. Me habla pero no consigo distinguir que me está diciendo, lo veo todo desde fuera de mi cuerpo. Me evado y dejo que él se masturbe. Está listo, sigo sin poder decir nada, el cuchillo me lo impide. El miedo atroz y la ira se han diluido. Me abre las piernas con fuerza, se coloca un condón y me penetra. Me parte en dos al sentir su polla en mi interior. Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas. Con cada embestida mi ira aumenta. Con cada embestida algo se rompe en mi interior. Sus manos agarran con fuerza mi cuello y aprietan, aprietan y aprietan. Pierdo el sentido durante unos instantes para volver a la realidad. Se separa de mí y el silencio se adueña de mi cuerpo. Rompo a llorar… todo ha acabado.

Sorry for the pain you’re in..All the lacked up people that clipped your wings…

**Ya van cuatro chicas violadas en Salamanca en lo que va de mes**

Septiembre montaba en cólera, nadie estaba a salvo, todos temían. Él empuñaba una pistola, todos corrían. Él sonreía. Septiembre montaba en cólera, nadie estaba a salvo, todos sufrían. Él empuñaba una katana, todos huían. Él disfrutaba. Septiembre montaba en cólera, nadie estaba a salvo, todos lloraban. Él empuñaba una navaja, todos luchaban. Él se moría. Septiembre montaba en cólera, nadie estaba a salvo, todos temblaban. Él empuñaba un revolver, todos desfilaban. Él brillaba. Septiembre montaba en cólera, nadie estaba a salvo, todos temían. Ella empuñaba una pistola, todos corrían. Ella esperaba.

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Se había quedado paralizada, todo giraba a su alrededor sin importar hacia que dirección. Estaba petrificada, el hormigón había tragado a sus pies y por mucho que intentase levantarse no iba a poder. A su alrededor todo iba a cámara rápida. Veía como cada uno de los seres que la acompañaban tecleaban incesantes. Tenía miedo. Se había quedado paralizada, todo daba vueltas en una espiral de silencio sin importar que nadie se diese cuenta. Estaba petrificada y unas correas invisibles la ataban a la silla, por mucho que intentase desplazarse no iba a conseguirlo. Veía como todos los humanos que la acompañaban sonreían. Estaba asustada. Se había quedado paralizada, todo comenzaba a desvanecerse a su alrededor sin importar que las partículas de materia inerte ensuciaran el suelo. Estaba petrificada, un bozal rodeaba su boca y por mucho que intentase gritar no iba a poder. A su alrededor todo se deshacía. Veía como cada uno de las personas que le acompañaban de deshidrataban e iban dejando un reguero de saliva. Se había quedado paralizada, todo giraba a su alrededor sin importar hacia que dirección. Lo vio, no tecleaba incesante, no sonreía y no se deshidrataba. Lo vio, era azul y estaba allí. Se había quedado paralizada, todo giraba a su alrededor sin importar hacia que dirección.

Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo, nadie hacía lo que quería y cada uno luchaba contra sus demonios para intentar salir de su pozo particular. El calor sofocante freía a los cerebros. Ella languidecía tirada en un banco. Llevaba la falda muy corta y tenía que luchar contra el trozo de tela para que se mantuviera en su sitio. Tenía una mueca en el rostro. Era una sonrisa trucada. Era el símbolo de su profundidad. Su mirada no correspondía con el resto de su cara, estaba perdida, impasible mirando al horizonte. Su boca decía sí, sus ojos gritaban no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie estaba a salvo. Todos corrían tras un mismo sueño y nadie lo alcanzaba. Ella estaba en un banco. Su falda rosa se elevaba con cada ráfaga de viento. Se agarraba el trozo de tela con las manos y comenzaba a caminar a ritmo pausado. Sus palabras decían sí, su voz gritaba no. Agosto se deshacía sin piedad. Nadie hacía lo que quería. Cabizbaja seguía caminando. Delante estaban ellos. Iban a otro ritmo. Todos en fila india, uno tras otro intentando encontrar la salida. Todos luchaban contra sus demonios para intentar alcanzar la superficie. El calor asfixiante quemaba su piel. Ella caminaba lento, despacio, con calma. Agosto se deshacía sin piedad, nadie estaba a salvo.

Otra cerveza más para su delicado cuerpo, otro trago de amargura en su paladar. Según baja por su esófago tiembla, un escalofrío le recorre la espalda. La conciencia le avisa de que debe ser la última, la conciencia le grita que pare ya. Pero no le hace caso y la rubia desciende hasta su estomago. Un impulso le hace elevarse, su mente comienza a recorrer sin parar las largas distancias que en la realidad existen oprimiéndolo. Lo ha vuelto a hacer, otra noche más ha acabado ebrio de silencio. Las burbujas chocan unas contra otras. El gas lo aturde, hace que pierda la conciencia de su cuerpo, intenta no dar tumbos. Sonríe sin parar, y una carcajada rompe el silencio. Le duelen sus tímpanos de oírse reír, le duelen las mejillas sin poder evitar poner esa mueca. Una gota más desciende por su cuerpo, la rubia se ha adueñado de él. Lo carcome, lo envenena y le hace feliz.

 

Dos lágrimas le recorrían las mejillas, eran rojas como el fuego. Sus córneas le ardían y notaba una presión en el cráneo que no la dejaba moverse. Sus alas perdían plumas y como siguiera así dejaría de poder volar. El esófago entraba en ebullición y cada sorbo de agua que tomaba hervía al bajar al estomago. Allí, los jugos gástricos luchaban con las moléculas de agua y no conseguían hacer nada con ellas. Vomitaba sangre, lloraba agua roja y se desintegraba poco a poco. Había logrado llegar hasta Dios y ahora se veía condenada a vagar por la Tierra sin obtener ninguna respuesta a cambio. Él no le había dicho nada y había hecho caso omiso de sus ruegos. Es más, estaba casi segura de que la estaba castigando por haberle retado. Quería volver a tener sus alas perfectas. Quería poder subir hasta el cielo y prometerle su infinita gratitud. Pero, parecía que él no estaba dispuesto a perdonarla. Se desangraba poco a poco, se hacía mortal. Perdía sus alas. Perdía su aspecto angelical…

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Seguía deseando que ella no apareciese. Comenzaba a desesperar pues hacía más de media hora que habían quedado. El calor del bar comenzaba a ser agobiante y cada vez eran más los pesados que querían compartir su dolor. Le pidió cambio al camarero, un billete de 20 que empleó para sacar un paquete de tabaco. El resto, en pequeñas monedas las fue insertando una a una en la tragaperras. Hace algunos años había estado muy enganchado, pero milagrosamente consiguió dejarlo antes de perder todo lo que le quedaba. Ahora, sólo jugaba muy de vez en cuando, cuando la desesperación lo comía por dentro y necesitaba oír la melodía alegre de la maquina. Las luces lo tranquilizaban y el runrún de frutas lo transportaba a un mundo mágico. Una moneda y un respiro. Una moneda y la adrenalina comenzaba a correrle por el cuerpo. Se sentía bien, estaba tranquilo. Podía esperarla mientras las monedas siguieran en su bolsillo. El azar estaba con él, su destino estaba marcado y las monedas continuaban entrando.

 

Una vez en pie la rutina se le hizo más fácil. Se metió en la ducha tambaleando, tenía un gran dolor de cabeza y sentía que su cuerpo estaba frío. Las primeras gotas del agua caliente le golpearon como pequeñas llamaradas, su piel sentía ligeros pinchazos de calor y el vapor que desprendía comenzaba a hacer que se le nublara la vista. Se había metido con el vestido puesto, el agua hacía que se le pegase al cuerpo y la oprimiese. La tela la abrazaba asfixiándola. Se bajo la cremallera y el vestido descendió hasta el suelo. No llevaba ropa interior asi que estaba totalmente desnuda bajo la ducha. En ese momento comenzó a notar la fuerza del agua sobre la piel, llevaba mucho tiempo sentada en la silla y el cuerpo se le había entumecido. Su mente, sin embargo, viajaba a mucha velocidad. Se masajeó durante un rato para ser consciente de sus extremidades. Cuando hibernaba durante un tiempo tenía que hacer ese ritual pues perdía la noción de su cuerpo.

Salio de la ducha con una toalla enrollada en la cabeza, seguía totalmente desnuda. Se miró al espejo y se dio cuenta de que los años comenzaban a dejar pequeñas huellas en su cuerpo. Se veía más gorda, más flácida y menos joven que hace unos años. A pesar de que los hombres se seguían interesando por ella, sabía que había iniciado su declive. Se vistió para lanzarse al bar, no tenía ganas. Sólo quería quedarse en casa y dormir durante mucho tiempo. Abrió el armario y sacó su vestido negro. Lo odiaba porque sabía lo que significaba. Sólo se lo ponía cuando tenía que ir a verlos y podía predecir cual sería su reacción al verla.

Se acababa de fundir la bombilla de su habitación y solo unas rendijas de luz entraban por la persiana. No sabía que hora era, llevaba demasiado tiempo dormitando en la cocina, pero debía darse prisa para conseguir llegar a tiempo. Comenzó a maquillarse, un kilo de rimel negro y sombras moradas. Se cardó el pelo y se dio brillo en los labios. Cogió los manolos y se arrojó al asfalto.

 

El tipo de la esquina estaba más nervioso de lo habitual, no se había acercado a ninguno de los corrillos que se habían formado en pocos minutos. Bebía solamente whiskey, en un vaso tres hielos que se iban deshaciendo poco a poco. No parecía ser el que más desesperado estaba pero si el que más ganas tenía de acabar con todo eso. En la sala hacía frío, cada dos por tres iban entrando y saliendo tipos que no tenían paciencia para esperarla, Con cada entrada o salida una corriente de aire le recorría el espinazo. Estaba quedándose helado, si es que podía llegar a estar más frío de lo habitual lo que a estas alturas ya lo dudaba. No le apetecía charlar con nadie, nunca le habían gustado las banalidades y tener que contarle su vida a cualquier desconocido era lo que menos le apetecía en esos momentos. Mantenía una postura agresiva, miraba a los ojos al que se le sentaba al lado y mantenía el silencio. Durante varios minutos le había bastado con eso pero ahora el bar comenzaba a llenarse de gente y el único sitio libre que quedaba estaba a su lado. No le apetecía tener que abrir la boca para nada más que no fuera ingerir alcohol, no estaba de humor para nadie, ni tan siquiera para ella. Él esperaba que esa noche no se presentase, ya había ocurrido en numerosas ocasiones, llevaba varios días viniendo a su encuentro, rodeado de tipos grises con ganas de suicidarse. Otros días, él había sido uno más en la masa a punto de inmolarse, pero hoy no tenía ganas de nada. No tenía ganas de ella, ni de los tipos grises, ni del silencio, ni del whiskey que se aguaba bajo el peso de los hielos. Sinceramente esperaba que ella no llegase, que no hubiera tenido fuerza para levantarse a realizar su cometido. Lo esperaba con todas sus fuerzas pero sabía que ese sería su final.

Los restos de la cena seguían todavía en la mesa de la cocina, los armarios abiertos y la pila de platos por fregar le daban aún más un aspecto de sucio. Los azulejos eran verdes, pero la mayoría había perdido su color y la pared parecía caerse a cachos. Los muebles tenían siglos y tan sólo la vitrocerámica destacaba entre todos ellos. Estaba reluciente, era la única cosa que limpiaba a diario, odiaba que se formaran cercos en ella. La cocina parecía exhumar  basura. El ambiente estaba cargado, casi se podían agarrar con las manos los miles de olores que se filtraban por el fregadero. Y allí estaba ella. Tenía la mirada perdida en el horizonte ajado, daba la sensación de haber perdido el sentido de la orientación, parecía a punto de explotar, de hacer algo en cualquier momento. Pero no hacía nada, solo miraba al infinito. Estaba rígida en una silla bastante incómoda, tenía sus manos colocadas perfectamente paralelas a sus dos muslos y parecía tararear algo. Parpadeaba varias veces en intervalos continuos de unos segundos, sus dedos se movían al mismo ritmo que parecían emitir sus labios y de vez en cuando movía la cabeza de un lado para el otro. Pero seguía prácticamente inmóvil, en penumbra, cantando bajito una canción muy triste. Sabía que en el momento en el que dejara de estar sentada en la silla se iría al suelo, su esqueleto no podía soportar el peso de sus músculos. Llevaba ya unos meses dando tumbos, en ocasiones llegaba a besar el suelo y le era complicadísimo volver a levantarse. A pesar de todo, solía hacerlo pero ahora ya no tenía fuerzas y prefería estar sentada en la silla.

La estaban esperando en un bar del centro, seguramente que serían muchos tipos grises, había quedado con ellos para darles una explicación pero no tenía ganas de salir de casa. Sabía que en el estado en el que estaba no debía seguir haciendo eso. Una persona que no tenía el control de su vida no debía controlar las vidas ajenas, pero a pesar de esto era su deber viajar hasta el bar. No podía hacerles esperar mucho tiempo, pues en situaciones como esas nunca sabía lo que podía pasar. El bar era una bomba de relojería y ella tenía que hacerla estallar en el lugar apropiado para no cargar con las vidas de personas ajenas.

Tenía que hacer un último esfuerzo y conseguir mover su pesado cuerpo de la cocina, después limpiaría e intentaría poner orden a sus ideas. Por ahora el bar era su prioridad, la esperaban pacientes pero pronto eso podría cambia. Realizó un pequeño movimiento, sus manos dejaron de estar paralelas y se agarraron al reposabrazos de la silla, un impulso, sudor frío resbalando por la frente y la espalda, otro impulso. Las rodillas se flexionaron, un espasmo la recorrió de arriba abajo, sus músculos se tensaron, los tendones tiraban de ellos haciendo que le dolieran mucho. Otro impulso y ya estaba de pie. Ahora solo tendría que sostenerse ahí arriba.